
El día comenzó normal. Se levantó a la hora de siempre, desayunó lo de siempre, se bañó como siempre y se vistió como de costumbre. El tiempómetro marcaba las 12 menos 10, el tiempo perfecto.
Salió sin ningún contratiempo. Los compases de un ritmo muy bailado en los 70´s resonó en su cabeza como una cubetada de agua de limones recién cortados. Abordó lo que sería su deleite de ese maravilloso día nublado. 40, 50, 60 y 80 y más... y... ¿qué hay con eso?.
Sus viejos tenis tocaron el pavimento ya encharcado, un nuevo destino a perseguir, un nuevo futuro en cada paso empapaba sus oídos. 180 voces, tal vez más. Imágenes sin inhibiciones. EEUU, Nipon, Catay, México... todo es igual... y... ¿qué hay con eso?.
Caminó el recorrido habitual, conocido ya. El tiempo medido para cada rectángulo. Llegó. 30, 40... ¿cuántos más?... qué importa, son miles, millones y más. El ritmo se distorsionó de a poco... otros ritmos en sus encharcados oídos violaron su intimidad; 10, tal vez 15 y... ¿qué hay con eso?.
Más 13 minutos. Olores le abrieron el pensamiento. Un viento frío lo golpeó en el rostro, agradable, pero innecesario. 40 más y ya estaba donde debía. Agua salada brotaba de sí. Salada, pero dulce a su gusto. 2400 más y emprendió el regreso... lo mismo hasta los primeros charcos de izquierda a derecha. 40, 50, 60 y 80 y más... 180 ruidos, tal vez más... 1, 2, 3 veces con la boca bien abierta... 4, 5, 6 y no más... ¿qué más da?... ¿qué hay con eso?.
el entorno que uno, solo con su presencia puede modificar; un segundo, una hora, un día, un año. eso es lo que puede dar. somos portagonistas de nuestro apropiado y cotidiano lugar. aunque no queramos modificar la escenografía que se nos da. cada paso y cada instante en que ocupemos ese espacio. ahí estara nuestra presente obviedad.
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